El reino de los ciegos
Dirigió algunas palabras a los contribuyentes y se marchó con la esperanza de hallar su hogar destrozado, con la esperanza de que se desdibujara su cuerpo entre la multitud y que sólo fuera un pedazo de agua el que flotara entre las sombras. El reino debía hallar su cuerpo descompuesto, agusanado, flotando a la deriva entre los golpes que se sucedían, mientras él viviera quizá en un apartado retiro forzado. Los dos enigmas se peleaban con furia, uno tragaba las aguas y el otro mataba a quien osara traspasar el límite de sus dominios, a quien tuviera el atrevimiento de rezar por el osario y se consumiera lentamente, en un carro tirado por dos osos, por la carne y la sangre que corrían en la batalla campal, sus emociones corriendo libres por la llanura y por fin un merecido descanso en la cúspide antes de exhalar el último suspiro de nueva vida. Los ciclos serían su tumba, y tras ellos la gran conciencia dse agitaría y talvez se despertaría de su letargo, y entonces sólo el gran fin, sólo la desolación, la tierra yerma gritando por sus hijos muertos.